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Viviana Ancarola

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Viviana Ancarola

Viviana Ancarola

 

La sociedad nos acostumbra a medir el tiempo futuro con total naturalidad, como para sentir que tenemos seguro algo que jamás lo es. El día que los doctores nos informaron que Viviana tenia cáncer no sabíamos con cuanto tiempo contábamos, pero lo que nos daban por seguro es que iba a ser poco. El tumor era muy agresivo y no daría tregua. Decididamente yo no estaba dispuesto a aceptar eso y como una loca manera de negarme opte por no usar mas mi reloj de pulsera. Desde ese día hasta que falleció mi mujer pasaron más de cinco años, y aun hoy sigo sin usar reloj. Gracias a Dios puedo decir que la enfermedad no sólo nos dio tregua, sino que además nos dejo entrever que la fibra de la vida no se teje por el tiempo que marcan los relojes.

Viviana y su hija Lara

Viviana con su hija Lara

La verdad es que la puntualidad nunca fue mi fuerte aun en la época en la que usaba reloj. Cada tanto, con algunas de mis acostumbradas llegadas tarde, mi mujer me insistía con que usara uno. Creo que ella jugaba con la idea de que si yo usaba un reloj de pulsera su enfermedad concluiría. Esa misma idea la llevaba a preguntar desesperadamente a los médicos cuanto faltaba para que la dejaran tener otros hijos. La gran comprensión de los doctores que la atendieron hizo que le respondieran siempre con un plazo alcanzable –tres años libre de metástasis-, a pesar de que ellos sabían que jamás llegaría ese momento.

Así nuestro reloj familiar dejó de contar horas y pasó a medir meses libre de nuevas metástasis. Así como nos acostumbramos al tic-tac de un reloj de pared sin tenerlo en cuenta, algo similar sucedió con el cáncer. Los estudios periódicos hacían las veces de campanadas que marcaban los meses, entretanto el tiempo lo vivíamos como cualquier otra familia: Trabajo, escuela, quehaceres, discusiones, vacaciones, salidas.

Lo que Vivi no se atrevía a disfrutar era el “tiempo muerto”, ese donde nos recostábamos a ver como nos crecían las uñas de los pies. Para ella siempre había algo por hacer, algo por cambiar, hasta que llegara el momento en que se acababan las fuerzas, y recién entonces caía rendida en la cama hasta el día siguiente. Es comprensible, nadie sabe que pasará mañana, pero mi mujer vivía esa realidad de manera patente, y la aparición de nuevos dolores óseos le marcaban imprevistas y temibles campanadas.

Una vez al mes Viviana se internaba por medio día para recibir tratamiento. Durante ese rato ella se transformaba y volvía a hablar como la misma persona que era antes de conocer el diagnóstico. No había cosas por hacer en la cama del hospital y todas las angustias del “no hacer” eran cubiertas por esa pequeña cánula que dejaba pasar un goteo de esperanza.

Llegó el final. El comportamiento de Vivi empeoró día a día hasta llegar a puntos inimaginables. Una tomografía de cerebro con una enorme mancha blanca explicaba sus actitudes inexplicables. En menos de un mes llegaría “nuestra” muerte.

Lara les quiere decir que mi mama se fue al cielo

Carta escrita por Lara, la hija de Viviana y Osvaldo,
explicando a sus compañeros de escuela que su mamá se fue.

........

A decir verdad, en este momento me siento un idiota escribiendo este texto a dos semanas de su fallecimiento y tratando de seleccionar las palabras mas adecuadas. Lo que descubro es que por más que busque jamás encontrare las palabras que expliquen el momento en que abrí los ojos y encontré el cuerpo de la persona que amé sin vida. Su enfermedad – la nuestra, en términos familiares – nos enseñó a vivir al margen del tiempo, y a descubrir que la distancia entre la vida y la muerte no tiene una dimensión conocida.

También me resisto al tiempo muerto. Ahora mismo estoy tratando de hacer algo en estas horas vacías.

Te extraño.

Osvaldo Ancarola
Buenos Aires, Junio 2002


Usted puede ver "Mi familia tiene cancer" de Osvaldo Ancarola en la Galería de ZoneZero.


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