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WATSONVILLE, California. Todo esto sería normal si no fuera porque estamos trabajando en un nuevo medio. Joe tiene menos experiencia con la computadora que yo, y yo no tengo mucha. Regresamos a la casa de Barrios Unidos al atardecer. Cenamos. Alrededor de las diez, comenzamos a editar el material del día. Enviamos el material después de medianoche, lo que significa que hemos trabajado18 horas al día. Luego esta toda la confusión con lo que en realidad estamos haciendosi las fotografías de Joe deberían reflejar lo que escribo, directa o indirectamente o viceversa. El asunto del sonido. La computadora ya se congeló. Es nuestra "ciberignorancia". Todo esto agrega prisa y frustración al agobio cotidiano. Siento que todos (el equipo de ZoneZero, Joe y yo) estamos involucrados en algo nuevo y exitante, un campo abierto lleno de posibilidades. Pero pensar en términos "virtuales" aun no me surge de manera natural. El tiempo-espacio de una página virtual en la red no es el mismo que el de una página de periódico o revista. Todavía no estoy seguro de lo que esto significa en términos literarios. ¿Mayor compresión de las ideas e imágenes? ¿O la búsqueda de un lenguaje completamente distinto que construye una nueva relación entre la palabra y la imagen, especialmente ahora que tenemos la capacidad de reproducir el sonido y dentro de poco tambien video? .......................... No es como si yo lo hubiera resuelto a mi satisfacción, ciertas cuestiones básicas que se han manejado durante la mayor parte de este siglo en términos de la colaboración entre el fotógrafo y un escritor. Un fotógrafo puede escoger entre el blanco y negro y el color la primera opción esencial, la parte formal de un proyecto. Joe visualizaba los Nuevos Americanos inicialmente en blanco y negro; ahora trabaja a color. No es que sugiera que ambos tengamos que "ver" nuestros temas de la misma manera, pero si me hace cuestionar acerca de mis propias opciones formales. ¿Habrá un equivalente para el escritor, sobre la opción entre "blanco y negro" y "color"? Es difícil visualizar este paisaje en blanco y negro, aunque los contrastes pueden ser muy agudos. Es el inicio del verano en el Valle de Pájaro: el verde brillante de las cosechas y el pasto silvestre acercándose a su máximo, y las montañas de Santa Cruz, llenas de bosques de eucaliptos y pinos y abetos, con la neblina que se envuelve en las cumbres al alba y al atardecer. Los colores son tan fuertes que las sombras no se notan. Los contrastes entre los diferentes tonos de verde, que luchan entre sí a lo largo del valle y los cerros le concede al área una tensa belleza. Watsonville y Santa Cruz son lugares de un gran contraste. Pienso en una imagen particular de ayer en la tarde: la familia Rivera, piscadores de fruta, que han vivido en el área por 14 años. Llegamos a su casa una unidad en un complejo habitacional para familias de bajos ingresos al este del centro de Watsonville al inicio de la tarde, justo cuando Saturnino y María retornaban de los campos. María ya había tenido la oportunidad de quitarse las manchas de arándano y frambuesa de las manos, pero Saturnino no. Parecía como si hubiera metido las manos en pintura acrílica azul que penetró en cada una de las grietas de sus manos morenas. Ella se había pintado las uñas de un rosa plateado. El sueño americano de los Rivera ha llegado a un callejón sin salida. La casa en la que viven, de tres cuartos y dos baños es lo mejor que jamás han tenido acá, pero se tendrán que marchar pronto. Saturnino dice que ya no son candidatos para vivir en una unidad para familias de bajo ingreso porque él volvió a los campos en vez de terminar un curso de entrenamiento para el trabajo, un requisito para quedarse allí. Antes de vivir en esta casa, los Rivera vivían en unos remolques habitables decaídos, con techos rotos e insectos que picaban a los niños en sus camas y calentadores que casi los asfixiaban con el humo de sus emisiones. Saturnino preferiría volver a México que regresar a uno de esos remolques. El sueña con empezar un pequeño negocio. "Estoy cansado de los patrones", dice. Se llevarán lo que han ahorrado acá y con ello abrirán una panadería o una tienda de abarrotes. Las oportunidades de que un negocio de ese tipo sobreviva en su México rural son practicamente nulas. El optimismo de Saturnino es quizás lo único que recogió en los Estados Unidos y que podrá llevarse de vuelta a México.
Y luego tenemos a los residentes rubios de Santa Cruz, de clase media, que comen granola y andan en bicicleta. Ellos escuchan la música World Beat en la radio. Aman su comida mexicana de la docena de taquerías de clase alta que hay en la ciudad. Compran sus alimentos en tiendas macrobióticas. Quieren salvar a las ballenas y las focas y todos tienen perros. Son muy liberales. En la alcaldía hay hasta un consejero que se autoproclama socialista . Paz y amor Este mundo coexiste en el mismo espacio con el de los migrantes. Y no hay contacto alguno entre ellos, al menos de manera directa, cara a cara. Los mexicanos, una minoría insurgente, en rápido crecimiento, sufren la invisibilidad que de ser servidumbre. El paseo de Santa Cruz es mantenido limpio por un ejército de mexicanos. Los turistas blancos llegan y su color arrolla a los migrantes. Y, pese a todo, el futuro de cada uno depende del otro ... Estoy parado en un cerro alargado, con una circunferencia suave como la bóveda del cielo, un campo de fresas de la familia Ramos, de Guanajuato. Miguel Ramos, el patrón, se encuentra hablando de como El niño destruyó algunas de las granjas debido a las inundaciones, pero no la suya. Él había tomado todas las precauciones. "En realidad, las lluvias se llevaron la sal que se había acumulado en el suelo por los pesticidas y fertilizantes usados a través de las décadas", dijo. "La verdad es que me va muy bien." Pero le están haciendo falta recolectores esta temporada. Él lo atribuye al cierre de la frontera. Antes, era común ver mujeres y hombres jóvenes en los campos. Ahora, son en su mayoría hombres entre los 20 y los 30 años. Se está poniendo cada vez más difícil encontrar una brecha en la frontera, solamente los más resistentes y experimentados lo están logrando y aun para ellos se está tornando en un riesgo de vida o muerte cada vez mayor. "La patrulla fronteriza sabe que está colocando a la gente en una posición de riesgo a sus vidas", dice Miguel Ramos. "Sabe que la gente va a arriesgar sus vidas mientras haya trabajos y la oportunidad de tener un futuro aquí. No sé como un país, que se llama a sí mismo civilizado, puede promover una política de este tipo." Son las seis de la tarde. Los trabajadores de los campos terminan su trabajo y en una linea larga y delgada se dirigen hacia un árbol donde han colgado sus bolsas. Ahora, el campo se encuentra vacío, el monte es cual largo como el horizonte y las hojas de color verde menta de las plantas de fresa se agitan suavemente en el viento frio que sopla bajo un cielo de un azul súbitamente duro y metálico. Este el campo en el que trabajaban Benjamín, Salvador y Jaime Chávez, el campo hacia donde se dirigían cuando la camioneta en la que se encontraban apiñados junto a 21 otros migrantes se volcó y chocó justo antes del amanecer de una mañana del mes de abril de 1996. Su historia, por supuesto, debe ser contada en blanco y negro.
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